El puente de la salvación
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María, este es el escrito para la salvación de los creyentes.
Mi Padre en un acto de suprema misericordia para salvar a sus criaturas de la muerte eterna producida por el pecado, mandó a su Hijo a la Tierra para ejercer de goel. El único enteramente Dios y enteramente humano. Misterio de los misterios. El único con la capacidad de tender un puente entre las dos partes del pacto fallido. Pero por ese puente que une a los hombres en la Tierra con su Dios eterno, solo pueden pasar los que aceptan la salvación otorgada por el Hijo. Los que aceptan que sus faltas respecto al pacto sean pagadas y restituidas por el goel.
Por eso es tan importante que los hombres crean y acepten el plan de salvación que su Dios infinitamente bueno pensó para ellos en el albor de los tiempos. Y hay muchos que no entienden, no saben y no comprenden. Y aun sabiendo, no aceptan. Siguen viviendo en un océano de soberbia, diciendo: «Yo no necesito ser salvado. No hay nada de lo que arrepentirse. Lo que hago es por mi propio bien, para esto vine al mundo».
¡NECIOS! Lloraréis cuando llegue el día por no haber querido escuchar a los que, a lo largo del tiempo, os he mandado para avisaros. La eternidad en eterno descanso beatífico frente a la eterna condenación de sufrimiento.
¡Os lo digo y no creéis! Ni siquiera mis ministros creen ya en el infierno. Y no lo predican para salvar almas por no escandalizar a sus cada vez más mermados oyentes. Están participando en los planes del enemigo para llevarlas a la condenación eterna. Y su Dios llora, llora de verlas caer después de haberles dado hasta la última gota de su sangre. Después de haberse donado sin reservas para construir ese puente eterno, que no será destruido hasta el final de los días. Entonces Yo diré mi basta. Y ninguno que no me haya aceptado será salvo.
¡Cruzad el puente mientras aún hay tiempo, os digo! No penséis que la historia sea mucho más larga. Naciones y templos caerán pronto, Yo os lo digo. Serán tiempos convulsos.
Si no sabéis, acudid a vuestros hermanos que sí saben. Con humildad. Pedidles que os enseñen, que os ayuden a creer. Que sean mis manos para limpiaros de la inmundicia en la que os revolcáis. Y aprended a ver más allá de la visión terrena. Mirad a lo alto y sed perfectos como lo es mi Padre.
Gracias, María, por atender mi llamada. Mi palabra debe extenderse y oírse.
Notas
- Rut 4